Hoy toca actualización

,Os pongo un nuevo relato,espero que os guste.
Aquella mujer no sabía llorar
Aquella mujer no sabía llorar, lo había olvidado.
Miraba la cara nacarada de su marido y parecía una extraña impasible, absorta, meditabunda, embelesada, como si de repente hubiera caído en la cuenta de que ahí se acabó la separación, la distinción entre el esclavo y el señor que fue en su vida, a ratos uno, a ratos otro. Se acercó a él no para otorgarle una despedida eterna, con miradas persistentes, cómplices, llorosas, después de presumir una misión cumplida. Se acercó con las manos extendidas, abiertas las palmas sobre sus rodillas, dobladas, ajustadas al pliegue de la silla, mirando esa cara nacarada, esperando los cambios interiores que tornaran los antiguos pensamientos, llenos de ilusiones, de futuros y de amores en hogazas de pan o espigas de trigo yacentes sobre la mesa de la cocina con aquella misma paz. Cuando una persona muere no deja de existir mientras tenga un recoveco en el pensamiento de alguien que sigue recordándola, bien lo sabía ella eso. Lo conocía por haberlo vivido en carnes propias.
Faustino fue un niño especial que más de una noche su madre encontró durmiendo debajo de la cama porque quería ser un monstruo que atacara a los demás mientras soñaban, y como es bien sabido, los monstruos viven en las profundidades de las cuevas y dentro de las casas en los armarios y debajo de las camas por la noche. Cuando aún no había apartado esta costumbre de su vida, fue reclutado e incorporado a las filas republicanas unos días después de la muerte de José Castillo, pero lo hizo con la cara alegre y el semblante radiante imbuido por la tónica general que veía entre los que tenía a su alrededor con un puñado de años más, pero muy jóvenes igualmente que se veían con ganas de llevar adelante grandes revoluciones de su entorno más inmediato y del más lejano. Cargó el arma, el fusil Máuser de casi 4 kilos, la metralla, la bayoneta, las granadas de mano de canutillo y algunas minas de regalo, como los burros que cargaban los serones. Se enfundó el casco modelo 26, el capote forrado y anudado en el lateral derecho, los calcetines vueltos y las vendas con polainas sobre los pantalones abotonados en los laterales. En el morral que llevaba a la espalda portaba como reliquia familiar un pedazo de queso y un bote de miel que su madre le dio y con todo ese bagaje desapareció una mañana por el otero mientras su madre agudizaba la vista y lo clavaba en la retina a sabiendas de que pudiera ser aquella la última vez que lo viera. Tras su segundo combate, el teniente que había reclutado por la zona aquel batallón de niños-jóvenes risueños, bien uniformado, bien peinado, bien aseado, hizo llegar a la madre una carta y detrás de esta un féretro donde aseguraba iban los restos de Faustino, y aconsejaba encarecidamente en la misiva que no abriera el ataúd para que así conservara del mozalbete su mejor recuerdo. Ella lo veló, lo lloró amargamente, como cualquier madre a sabiendas de que enterraba un pedazo de su corazón y que una parte de su cuerpo quedaba sepultado en aquel cementerio, aquel día soleado, cerca de lo que fue el ábside de la iglesia que había perdido la techumbre y que acogía ahora en paz los restos del mozalbete. Puso una cruz de madera con su nombre, a expensas de que los tiempos mejoraran y pudiera sustituir esta por una lápida de mármol blanquecino, pero ahora, de momento, primero había que comer. Cumplió con el resto del ritual que requieren estos casos, dijo unas misas, guardó luto y fue arropada por muchas personas del lugar que lo vieron como un héroe.
Tras algo mas de un año de estos acontecimientos recibió de nuevo noticias la familia de Faustino. Las autoridades militares, pero en este caso ya no republicanas, informaban que su hijo había muerto en combate heroicamente en la batalla del Ebro y daba el lugar aproximado en el que había sido enterrado. La madre perdió otro trocito de corazón, pero no guardo las formas del mismo modo que en la vez anterior, de hecho el luto aún no se lo había quitado, y las misas no supo si decirlas al nuevo muerto o al que ya había enterrado hacía un año, lo mismo sucedió con la fecha de su fallecimiento que rezaba en el trozo de madera que hizo las veces de cruz, y como no terminó de decidirse por una u otra fecha, y a la luz de su desconocimiento de lo que había enterrado ella por no haberlo visto, y del aturdimiento que embotaba su mente en ese momento decidió poner una cruz nueva con la fecha de nacimiento y dos fechas de defunciones posibles. Los vecinos esta vez no arroparon a la familia de la misma manera y tildaron a Faustino de esquirol, los calificativos para él y su familia fueron duros y también la madre soporto con estoicismo aquel cambio de tercio, aquella nueva cornada que mandaba la vida, o la guerra, ya no sabía bien a quien achacárselo.
Cuando llegó el alto el fuego en el 39 la pacificación se extiende a golpe de encarcelaciones, exiliados y fusilamientos y llegaron de nuevo noticias de Faustino, esta vez de su puño y letra. Pide en esta tercera carta que su padre se persone en la cárcel donde él se encuentra para que pueda salir de ella.
Varios días anduvo la madre mirando de arriba abajo, sin saber a ciencia cierta que creer y qué pensar, pero la vista fue su mejor aliado y no hizo caso de nada más que ese sentido y el sexto que dicen tienen las mujeres. A si que una mañana se levantó airosa y se fue hasta el cementerio a quitar la cruz, pero guardó los dos palos allá arriba en la leñera sin intención de quemarlos en la lumbre alguna de esas noches del invierno que se avecinaba. Si los 3 años de guerra fueron duros, los siguientes no lo fueron menos. Los supervivientes que lo fueron doblemente, por no perder la vida y por tener que cambiar la ideología de la noche a la mañana, no encontraban sitio fácilmente y trataban de sobrevivir con lo que el ingenio ponía en su camino.
Faustino se echó al monte, volvió, se casó, construyó con sus manos su primera casa, tuvo un par de hijos y después de tantas veces muerto, tantos sudores, tantas miserias, llegó a la conclusión de que aquella guerra había sido una cosa entre hermanos, ni unos eran diablos rojos con rabo y cuernos ni otros eran americanos, solo eran campesinos, familiares, amigos, hermanos. Pero era consciente de que aquella reconciliación tardaría en llegar.
Es difícil explicar ahora por qué aquella mujer no sabía llorar. Ella que vivió la muerte y la pérdida de su hijo único, de un trozo irremplazable de su corazón dos veces. Ella que rumió dos duelos, clavó dos veces la cruz sobre la que creyó reposaban los restos de su hijo, soporto el apoyo y el vacío de los vecinos. A ella ahora, ahora…. ya no le salía una lágrima de sus ojos. Allí miraba la caja de pino sin pena ni gloria, sin llanto ni espanto. Aquel hombre que la enamoró primero con la palabra cuando era zagala y se ponía en su camino cuando llevaba el almuerzo a los segadores a media mañana y después con los hechos, el trato dulce, de tu a tu, de persona a persona, se lo habían traído también a la casa después de haber pasado un mes fuera y según dijeron quienes la dieron la noticia, no fue capaz de soportar más la vida y, en la casa donde pasó los últimos días de su vida según dicen, pasó la hebilla de su cinturón por el cuarterón del techo dio una patada a la silla y se suicidó. Después de todo lo que la había tocado vivir a nada podía ya decir que no, ni que si, resultaba extraño que aquella persona luchadora, de ideas en los puños, en el pecho y en la cabeza, se viera angustiada tanto por la vida que terminara sus días solo y de aquella manera, aunque por otro lado, las persecuciones llegan a coartar tanto que, no había sido el único en rendirse sin entregarse.
Pilar Jiménez